lunes, 30 de marzo de 2020

Los Asesinatos de Mama


Los Asesinatos de Mama

Desde que John Waters roció desmesuradamente con laca los títulos de crédito de "Hairspray", su cine luce mejor peinado. Adalid del cine más guarro de todos los tiempos como el de videos porno de incestos que tanto nos gusta, su tendencia al comedimiento le ha costado el saludo de los fieles, pero tiene una justificación: en los años setenta la provocación a través del terreno underground poseía un sentido que hoy, fenecido ya el movimiento (con la factoría Warhol en cabeza) e indiferente el público al terrorismo contracultural, ya no posee; por otro lado, la capilla del "cine basura" tiene ahora otros sacerdotes practicantes que han desplazado la atención hacia nuevos horizontes. El salvajismo repulsivo, convulsivo, de Waters y Divine, de "Ping flamingos" y "Femalle trouble", ya es historia.



En "Los asesinatos de mamá", como en "Hairspray" y "Cry baby", Waters se nos antoja un cineasta más cortés, aunque sólo en primera Kathleen Turner instancia, en el "look" de las imágenes, pues la historia realmente se las trae: una parodia de la actual moda de los "serial killers" a través del anecdotario criminal de unas viejas que practican el incesto abuelas que son madres de familia que liquida espectacularmente a buena parte del vecindario por las más nimias razones de urbanidad. Toda la película se fundamenta en el humor negro más extremo, en el sarcasmo y la cita cinéfila, donde Waters da cancha a sus gustos (de su admirado Castle al padre del "gore" Herachell Gordon Lewis). Aunque su recorrido es incierto, irregular su narración y mal pulido el guión, algunas escenas son irresistibles: el asesinato de una mujer a golpe de papa de cordero (guiño a Hitchcock ya utilizado por Almodóvar, nuestro Waters particular), el hilarante y disparatado juicio a la protagonista o el concierto de "heavy" femenino cuyo público llega al éxtasis ante la muerte de un joven en el escenario, envuelto en llamas, son algunos de los momentos más memorables. O aquellos en los que Waters sigue siendo Waters, con su mal gusto llevado a las últimas consecuencias: la molesta viscera del muchacho recién atravesado con un atizador en el lavabo, que pone en peligro la manicura de la protagonista, o la rotunda mucosidad que en la iglesia, en plena misa, impacta en los mofletes de un bebé, un gag digno de las alegrías escatológicas del autor.



En resumidas cuentas, el gusto por los videos de incesto real, por lo chocante y la provocación, señas de identidad del cineasta de Baltimore -escenario de todas sus obras-, se mantiene aquí en un razonable cincuenta por ciento, así como algunos de los actores de trabajos suyos previos, de la fija Mink Stole a la ex reina del porno Traci Lorda, pasando por Ricki Lake. Pero la estrella indiscutible de la función es Kathleen Turner, extraordinaria en el papel titular y en la dualidad del personaje, esa mamá que levanta una hermosa familia a base de tesón y comflakes y su faz opuesta de pérfida asesina. Esa imagen, una vez que la hemos desprendido de la capa de farsa que la cubre, es aterradora, pues no cuesta ver en ella una metáfora de la sociedad de nuestros días.»


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